Escritores, intelectuales, profesores

Roland Barthes

La palabra es irreversible, es decir: no se puede corregir una palabra sin decir explícitamente que se va a corregir. En este caso, tachar es añadir; si quiero pasar la goma sobre lo que acabo de enunciar, no es posible hacerlo más que mostrando la propia goma (tengo que decir «o mejor dicho…», «creo que me he expresado mal…», etc.); paradójicamente es la palabra, la efímera, la que es indeleble, y no la monumental escritura. Con la palabra, lo único que podemos hacer es añadirle otra palabra. El movimiento correctivo y perfectivo de la palabra es el balbuceo, ese tejido que se agota en el esfuerzo de recomenzar, esa cadena de correcciones aumentativas que recoge para alojarse la parte inconsciente de nuestro discurso (no es ninguna casualidad que el psicoanálisis esté ligado a la palabra no a la escritura: no se puede poner un sueño por escrito): la figura epónima del «hablador» es Penélope.