Entrevista a Jorge Lozano
El acontecimiento histórico puede ser una ruptura, una novedad ruidosa. Puede pasar a los medios o no, e incluso puede tornarse –como el 11M–, un acontecimiento mediático-histórico. Justo en el momento que aparece ese acontecimiento se produce una descripción; se construye una semiósfera donde la predicción no es posible y donde lo que sí ocurre es la tendencia imparable de reducir la información significativa que tiene todo acontecimiento. Una de las nefastas consecuencias de la mediatización es la de reducir al máximo la profusión informativa significativa de un acontecimiento. Me refiero a la tendencia de los medios a dar una explicación rápida de los hechos. Cuando en el 11S el locutor de la CNN ve un acontecimiento vertical y paradigmáticamente incomprensible, y dice: “my god!”, “fuck”, necesita explicar como algo causal lo que es casual y dice: “America under attack”. Automáticamente la ininteligibilidad del acontecimiento se hace inteligible depositándose en una narración. El acontecimiento deviene razonable, se explica, es inteligible que hayan destrozado dos torres. Si, en cambio, lo dejas estar, automáticamente no lo introduces en una narración, no buscas ese sintagma de causalidad y no sabrás por dónde va, será polimórfico. Lo que nos interesa son los efectos de lo casual. Y, en cualquier caso, estamos condenados a la revisitación sistemática porque se comienza de un modo equivocado desde un punto de vista lotmaniano. Es como en la teoría de las catástrofes, en la cual el pliegue de una discontinuidad termina siendo estructuralmente morfogenética, según dice René Thom. Es decir, cuando hay un bache, se asfalta y todo sigue igual. Mientras que uno podría decir: “ya que hay un bache vamos a ver qué hay debajo”; eso sería más Ilya Prigogine. Por eso en Lotman hay mucho de Prigogine y sus estructuras disipativas; de tratar de ver más lo imprevisible que lo previsible.

